Por Claudia Ferreira
América, como sus mujeres, se presentaba como un mosaico variado de realidades de las que muchas veces el conquistador tomó ventaja. López de Gómara, Cieza de León, Fernández de Oviedo, Ulrico Schmidl, entre otros, enriquecieron con su pluma relatos que superarían ampliamente la fantasía de cualquier hombre de letras. Sin embargo, más allá de las ideas romantizadas de la mujer india, existían ciertas características que se desarrollaban como un patrón común.
Vendidas, entregadas como “regalo”, a veces “prestadas” para uso sexual de un huésped, robadas durante las guerras, sacrificadas y casi siempre criadas en completa sumisión al hombre, para servirlo en el hogar y con el trabajo de sus manos en el campo; la mujer americana era un objeto de consumo.
Dado que las concepciones de lo femenino variaron diametralmente de acuerdo a las latitudes, mencionaremos algunos rasgos característicos para entender el motivo del extrañamiento experimentado por los españoles. Una completa exacerbación de lo sexual era el rasgo distintivo de muchas de las culturas de la zona geográfica que va desde el Golfo de México y hasta Venezuela.
La descalificación de la virginidad se veía en la práctica de la prostitución de la mujer antes de la boda en muchos casos como en Nicaragua, con el permiso de sus padres. Se lo consideraba un modo de asegurarse la dote antes del casamiento y en caso de necesidad, constituía la garantía de un sostén económico familiar. Eran en general, las mujeres de mayor experiencia sexual las más deseadas para matrimonio por sus pares varones. Algo totalmente sorprendente para la mentalidad occidental.
La infidelidad podía ser bastante tolerada y era costumbre entre las mujeres nobles de Panamá, nunca negarse a las solicitudes sexuales que se les hacía, pues esta característica las distinguía de las villanas. Determinadas fiestas del año podían dar cuenta de rituales orgiásticos y era frecuente la recurrencia a métodos abortivos entre las jóvenes con el fin de mantener sus cuerpos bellos.
Es así que se entiende que a pesar de las buenas intenciones y de la educación cristiana, “la carne es débil”, como efectivamente lo fue para muchos de los aventureros del viejo mundo. Quienes alegremente, y muchas veces no sin culpa, se entregaron a la afanosa tarea de desflorar las numerosas indias que los indios les llevaban continuamente, con el pedido explícito de que así lo hicieran.
En el sur del continente, en el Imperio inca, hallaron los españoles no sólo ideales estéticos más parecidos a los que conocían. Entre las mujeres de casta primaba una tez más blanca, un carácter más sumiso, un mayor acicalamiento y sentido del pudor de tipo occidental. Aquí hallamos verdaderas señoras vestidas “a la usanza del Cuzco”, es decir cubiertas desde al cuello hasta los pies. Y la virginidad vuelve a recuperar su valor aunque con fines específicos.
Ciertamente la sociedad incaica se encontraba estructurada en el orden y la ley, aunque aquí nuevamente y como ocurre en todas partes con el débil espíritu humano, la norma no alcanzaba a reparar las grandes faltas que sucedían en la realidad. Había castigos prescriptos para la infidelidad y para los amancebamientos, aunque en la práctica eran pasados por alto. Y las fiestas y borracheras, ampliamente difundidas, concedían una vida algo licenciosa a las mujeres.
Aunque el Inca mostraba singular cuidado por castigar faltas como el rapto o estupro con doncellas (del pueblo o consagradas), esto no le impedía sacrificar a muchas de ellas, las más hermosas, en caso de “necesidad”. Los sucesos significativos creadores de la necesidad de sacrificios variaban desde el ascenso de un nuevo soberano hasta su muerte o un inminente peligro de muerte, el inicio de una guerra, el desarrollo de epidemias o el advenimiento de desastres.
Resulta sorprendente que esta misma característica que hacía de las indias “ardientes amantes” e incapaces de negarse a cualquier favor sexual, fuera la que les permitió ser madres de numerosos “mancebos de la tierra”. A pesar de que la mayoría de ellas quedaron en el anonimato de la historia y apenas otras pocas son conocidas por su nobleza, muchas dejaron una descendencia ejemplar. El caso del Inca Garcilaso, será significativo: la unión de la sangre de las dos culturas dará a luz en el mestizo, lo más brillante de la sociedad colonial.
BIBLIOGRAFÍA
ROSTWOROWSKI, María; “La mujer en el Perú prehispánico”, en: Documento de Trabajo 72, Serie Etnohistoria 2. Lima, Instituto de Estudios Peruanos, 1995. En: http://www.iep.org.pe/textos/DDT/ddt72.pdf
SALAS, Alberto; Crónica Florida del Mestizaje de las Indias. Buenos Aires, Losada, 1960.